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Fundación

1783

Dos vueltas de hoja por cada mejilla, para emprolijar la tupida barba de tres meses, y la navaja se hundió en lo profundo del barril repleto de agua. En el fondo, algunos hilos de sangre se desprendieron de su filo.

Habían sido largas jornadas de trabajo arduo y sin interrupciones. Primero el desmonte, bajo el sofocante sol de enero, barriendo los bienaventurados vecinos -y algunos vagos y mal entretenidos encadenados- con cuanto espinillo, sauce criollo o algarrobo se impusiera en su camino. Ciento cincuenta hacheros, y algo más de cien yuntas de bueyes, hicieron un claro en la espina dorsal de la provincia, sin figurarse que el sueño de un futuro próspero les reservaría un lecho en su memoria. Días más tarde, y ya rematado el corte, despejado de árboles y malezas aquel paraje, se levantaron las dependencias oficiales: el ayuntamiento, el cuartel militar y la cárcel, todas alrededor de la plaza de armas. Mientras, en tanto, las mujeres que incansablemente bajaban al río, a menos de una legua de distancia, cargaban con barricas repletas de agua fría y carne fresca para cocinar y alivianar el afanoso mediodía de los labradores.

Es que muy a pesar del padre Andrés Quiroga y Taboada, apartado y solo, recluido en la nueva capilla de Cuchilla, se habían instituído ya, las bases de la mejor de las aldeas de Entre Ríos, y los vecinos, prestos siempre en vocación de servicio a su excelentísimo líder, sintieron por primera vez en la vida, el ardor del fuego de la patria en centro de sus desgraciados pechos.

Y Don Tomás de Rocamora, nacido en el núcleo del nuevo mundo, arrastrado por los azares del tiempo hasta lo más profundo de la América virgen, no llegó a comprender en aquel momento, que esa misma sangre -su propia sangre-, derramada torpemente en un barril de agua mientras se rasuraba la barba antes de celebrar la misa de fundación de la villa ‘San Antonio del Gualeguay Grande’, estaba en realidad, llenándose de bronce.

Gualeguay 230 años