¡La puta que lo parió! -puteó al aire mientras corría desesperado para lavarse los dientes- ¡Despertador de mierda!
Habrá sido por el apuro, o por el voltaje que notó esa mañana en el aire, que adentro, el olor a transpiración y encierro no le produjo el placer de siempre; porque a pesar de saber que era de repugnante procedencia, le encantaba el olor a subte. Se bajó en estación Catedral y notó que su retraso era facilmente justificable ya que sólo habían pasado unos treinta minutos desde el horario de ingreso. Pero cuando entró en la oficina se dió cuenta que algunas cosas no estaban en su lugar.
Marcela se había cortado el pelo y hasta parecía haber perdido los kilitos que llevaba arriba desde el verano pasado. Hablaba de más, como siempre que hablaba de más, y explicaba algo de una operación trunca con un cliente de Catamarca en el teléfono. Por el modo en que se estaba expresando seguro hablaba con el jefe.
Pablito brillaba por su ausencia. En su despacho se apilaban cajas de despido y un par de portarretratos que no hubieran coincidido jamás con su forma ni su estilo. Lo rajaron -pensó- ¡Qué hijos de puta!
Pero lo más extraño de todo el movimiento que puede haber entre la flora y fauna del laburo era que Mari y Griselda estaban juntas, charloteando impetuosamente frente a la máquina de café; y una le ofrecía un cigarrillo a la otra, y la otra lo aceptaba gustosa.
La mañana terminó -al menos para el resto- con normalidad. Todos los empleados bajaron al subsuelo al mediodía y alguien prendió la televisión mientras almorzaban:
“En un rato nomás la Selección Argentina se mide por los cuartos de final con la selección local, Alemania. Pekerman dispondrá de todos sus titulares para disputar un lugar en las semifinales del mundial. Los 11 del DT para el partido de hoy son: el Pato Abbondanzieri en el arco, Ayala…”
Le extrañó lo anacrónico de la noticia. ¿Por qué están pasando éstas cosas en el noticiero del mediodía? Pero cuando la televisión comentó que el presidente Kirchner se reunió con los gobernadores radicales rebeldes y que Emerson y Kaká estaban en duda para enfrentar a Francia, palideció. Se le hizo un nudo en la garganta. No entendía de qué se trataba ese sueño demente, esa realidad absurda; aquel lapso fuera de lo ordinario o presumible.
Pasaron unos minutos hasta que logró salir del letargo. Observó a su entorno y notó de pronto que a todo el mundo le habían lavado la cara de ciertos detalles, como si el mismo Basil Hallward hubiera hecho retoques en sus rostros y éstos se encontraran frescos y radiantes, rejuvenecidos en su esencia. Entonces, con la actitud de tomar a un toro por sus astas, salió del trabajo y se dirigió a Caballito hasta la casa de Exequiel.
Vió que el departamento estaba en alquiler, lo que únicamente contribuyó para que su desesperación crezca más. ¿En qué brecha del espacio-tiempo se encontraba? ¡¿Y por qué?! ¿Era una simple ilusión, un mal sueño que como un sol oscuro -óvulo de fuego negro- todo lo alcanzaba?
Terminó por resignarse a comprender. Efectivamente se despertó esa mañana en otro tiempo, en un momento del pasado que ya había vivido. Intentó recordar dónde alquilaba Exequiel años atrás, y se tomó un taxi hasta la puerta de aquel edificio que había visitado en sus primeros días en Buenos Aires. No podía creer la naturalidad con la que estaba enfrentando semejantes acontecimientos, sólo podía esperar la comprensión de sus amigos, de alguien cercano con quien hablar.
De camino, había considerado también las enormes posibilidades positivas que toda la situación aventajaba. Era una chance para tomarse revancha de sus errores del pasado y tener aún la experiencia vívida de los hechos, conocer de antemano los sucesos políticos y las verdades detrás de las elecciones, entre otras cosas. Pero tenía una gran impotencia, le era imposible recordar el número del boleto ganador de lotería del día siguiente. Claro, cómo saberlo si nunca le había dado importancia. Tocó el timbre en el 6to “C” y a través del portero salió la voz metálica de Exequiel.
-Bien pajero, te estábamos esperando, ya empezó el partido.
Por la puerta de vidrio vió como Exequiel bajaba del ascensor y el estómago se le revolvió nuevamente. Estaba flaco, con una ropa un tanto extraña, fuera de moda, y con la barba y el pelo cortos. Subían por el ascensor y Exequiel le contó que Argentina ganaba 1 a 0 con gol de Ayala.
-Ya sé. Ahora en un rato nos mete uno Klose y empatamos.
-No seas pajero, mirá que ese muerto nos va a hacer un gol.
-Te lo juro, lo sé. Gana Alemania por penales después.
-Anda a cagar boludo, ¿qué te pasa?
-No sé, hoy es el día más extraño de mi vida. Ya viví todo ésto. Ésto pasó hace años, no hoy. Ya vimos este partido, ya estuve acá. Estoy desesperado, me desperté seis años antes.
Exequiel se rió abriendo la boca ampliamente.
-Déjà vu se llama ¿Qué estuviste chupando?
-No, boludo, por favor creéme.
Exequiel miró al piso y contuvo la risa. No lo pensó demasiado, no le creía nada, aunque fuera realmente extraño que de un día para el otro su amigo dijera semejante estupidez.
-Ok, después del partido hablamos más tranquilos -le dijo para consolarlo-.
-Ah, el Pato se va lesionado y Pekerman lo saca a Riquelme.
-Bueno, pará un poco con eso, que a Riquelme no lo saca ni a palos.
Estaba Sabrina, la hermana de Exequiel, mirando el partido también. La saludó tratando de secarse las lágrimas antes para que no las notara.
-Pekerman lo sacó a Román. Y al Pato porque parece que se lesionó- dijo Sabrina después de saludarlo. Exequiel inmediatamente se molestó.
-¿Ves? Sos un pajero mala leche -gritaba al aire-.
Sabrina no entendía por qué Exequiel decía eso. Habrá pensado que su hermano, como siempre, estaba siguiendo estrictamente sus cábalas; es que no era raro que Exequiel insistiese con cosas tan ridículas como obligar a todo el mundo a intercambiarse los asientos en caso de que su equipo no convirtiera un gol.
Pero justamente el gol de Klose interrumpió sus pensamientos. Los alemanes festejaban el empate desde las tribunas repletas de banderas amarillas, rojas y negras. Sabrina se perdió en la cocina cuando terminó la segunda mitad del partido. Iban a tiempo suplementario. Entonces Exequiel aprovechó para hablar.
-Boludo, me estas asustando.
-Exe, no te voy a joder con una cosa tan ilógica, si quisiera mentirte lo haría con algo más creíble, o al menos más divertido.
-Bueno, a ver… ¿Cómo termina el partido?
-Seguimos empatados en el alargue y Cambiasso erra el último penal porque el arquero de Alemania tiene una lista que dice para qué lado patean nuestros jugadores.
-¿No podes ser un poco más optimista para predecir el futuro? –respondió enojado. Se notaba el miedo que tenía a creerlo-.
Sabrina apareció con un mate recién hecho y la charla se interrumpió. Durante todo el tiempo suplementario Exequiel se mostró cada vez más inquieto. Le transpiraban las manos, se tiraba del pelo. Hasta que finalmente el relator anunció lo sabido:
“Penales, señores, penales; el azar desde los 12 pasos”.
De azar, aquello no tenía nada, cada jugador sabía exactamente a dónde patear, pero lo que ni siquiera imaginaban era que el arquero alemán también lo sabía. Jens Lehmann, había sido suplente de Oliver Kahn durante las eliminatorias, pero gracias a un par de partidos antes del mundial en los que tuvo un buen desempeño en el arco, se ganó la titularidad. Ahora Lehmann tenía un papelito en las medias con anotaciones sobre hacia qué dirección pateaba regularmente cada jugador argentino. Y esa estrategia alemana estaba dando sus frutos porque ya le había atajado un disparo a Ayala, y en el último penal, Argentina tenía que convertir sí o sí para no quedar eliminada.
-Patea Cambiasso. ¡Vamos Cuchu, vamos Argentina! –enfatizaba el relator-.
Exequiel estaba petrificado, poseído por el televisor.
-¿Me vas a creer si lo erra?
-No lo va a errar –respondió Exequiel, concentrado mirando imperturbable.
-Te digo que lo erra y quedamos afuera.
-¡No lo erra! ¡No lo erra!
-Lo erra, mirá. Lo patea al medio y se lo ataja. Si sabe todo por el papel de mierda ese. ¿Por qué te pensás que adivinó todos los anteriores? ¿Por qué creés que…
¡¡¡GOL!!!
