Justificación de los paraguas

Dejando de lado las diversas formas de manufactura y elaboración, casi todos los paraguas del globo comparten en su carácter un designio magnífico.

Ya verás de qué se trata cuando te propongas adquirir uno en la emergencia de un aguacero inminente, y después de agotado su estreno, lo olvidarás, abandonado a su suerte en cualquier lugar. Verás que alguien hará uso de sus propiedades aislantes e indefectiblemente volverá a perderlo para que el ciclo recomience. Así se van dejando pasar, los paraguas, por los nombres.

Pero éstas particularidades no son obra de una mera y sencilla casualidad sino que persiguen un propósito más bien decoroso y encomiable. La indeclinable fatalidad que separa a los paraguas de sus propietarios originales, hermana a hombres y niños en una celebración de la lluvia, y así nos vemos cantando empapados -cuando más se los necesita- y felices bajo el chaparrón.

“I’m singin’ in the rain,
just singin’ in the rain,
what a glorious feeling,
I’m happy again.”


El banquete de Saturno

¡La puta que lo parió! -puteó al aire mientras corría desesperado para lavarse los dientes- ¡Despertador de mierda!

Habrá sido por el apuro, o por el voltaje que notó esa mañana en el aire, que adentro, el olor a transpiración y encierro no le produjo el placer de siempre; porque a pesar de saber que era de repugnante procedencia, le encantaba el olor a subte. Se bajó en estación Catedral y notó que su retraso era facilmente justificable ya que sólo habían pasado unos treinta minutos desde el horario de ingreso. Pero cuando entró en la oficina se dió cuenta que algunas cosas no estaban en su lugar.

Marcela se había cortado el pelo y hasta parecía haber perdido los kilitos que llevaba arriba desde el verano pasado. Hablaba de más, como siempre que hablaba de más, y explicaba algo de una operación trunca con un cliente de Catamarca en el teléfono. Por el modo en que se estaba expresando seguro hablaba con el jefe.
Pablito brillaba por su ausencia. En su despacho se apilaban cajas de despido y un par de portarretratos que no hubieran coincidido jamás con su forma ni su estilo. Lo rajaron -pensó- ¡Qué hijos de puta!
Pero lo más extraño de todo el movimiento que puede haber entre la flora y fauna del laburo era que Mari y Griselda estaban juntas, charloteando impetuosamente frente a la máquina de café; y una le ofrecía un cigarrillo a la otra, y la otra lo aceptaba gustosa.

La mañana terminó -al menos para el resto- con normalidad. Todos los empleados bajaron al subsuelo al mediodía y alguien prendió la televisión mientras almorzaban:

En un rato nomás la Selección Argentina se mide por los cuartos de final con la selección local, Alemania. Pekerman dispondrá de todos sus titulares para disputar un lugar en las semifinales del mundial. Los 11 del DT para el partido de hoy son: el Pato Abbondanzieri en el arco, Ayala…

Le extrañó lo anacrónico de la noticia. ¿Por qué están pasando éstas cosas en el noticiero del mediodía? Pero cuando la televisión comentó que el presidente Kirchner se reunió con los gobernadores radicales rebeldes y que Emerson y Kaká estaban en duda para enfrentar a Francia, palideció. Se le hizo un nudo en la garganta. No entendía de qué se trataba ese sueño demente, esa realidad absurda; aquel lapso fuera de lo ordinario o presumible.

Pasaron unos minutos hasta que logró salir del letargo. Observó a su entorno y notó de pronto que a todo el mundo le habían lavado la cara de ciertos detalles, como si el mismo Basil Hallward hubiera hecho retoques en sus rostros y éstos se encontraran frescos y radiantes, rejuvenecidos en su esencia. Entonces, con la actitud de tomar a un toro por sus astas, salió del trabajo y se dirigió a Caballito hasta la casa de Exequiel.

Vió que el departamento estaba en alquiler, lo que únicamente contribuyó para que su desesperación crezca más. ¿En qué brecha del espacio-tiempo se encontraba? ¡¿Y por qué?! ¿Era una simple ilusión, un mal sueño que como un sol oscuro -óvulo de fuego negro- todo lo alcanzaba?

Terminó por resignarse a comprender. Efectivamente se despertó esa mañana en otro tiempo, en un momento del pasado que ya había vivido. Intentó recordar dónde alquilaba Exequiel años atrás, y se tomó un taxi hasta la puerta de aquel edificio que había visitado en sus primeros días en Buenos Aires. No podía creer la naturalidad con la que estaba enfrentando semejantes acontecimientos, sólo podía esperar la comprensión de sus amigos, de alguien cercano con quien hablar.

De camino, había considerado también las enormes posibilidades positivas que toda la situación aventajaba. Era una chance para tomarse revancha de sus errores del pasado y tener aún la experiencia vívida de los hechos, conocer de antemano los sucesos políticos y las verdades detrás de las elecciones, entre otras cosas. Pero tenía una gran impotencia, le era imposible recordar el número del boleto ganador de lotería del día siguiente. Claro, cómo saberlo si nunca le había dado importancia. Tocó el timbre en el 6to “C” y a través del portero salió la voz metálica de Exequiel.

-Bien pajero, te estábamos esperando, ya empezó el partido.

Por la puerta de vidrio vió como Exequiel bajaba del ascensor y el estómago se le revolvió nuevamente. Estaba flaco, con una ropa un tanto extraña, fuera de moda, y con la barba y el pelo cortos. Subían por el ascensor y Exequiel le contó que Argentina ganaba 1 a 0 con gol de Ayala.

-Ya sé. Ahora en un rato nos mete uno Klose y empatamos.
-No seas pajero, mirá que ese muerto nos va a hacer un gol.
-Te lo juro, lo sé. Gana Alemania por penales después.
-Anda a cagar boludo, ¿qué te pasa?
-No sé, hoy es el día más extraño de mi vida. Ya viví todo ésto. Ésto pasó hace años, no hoy. Ya vimos este partido, ya estuve acá. Estoy desesperado, me desperté seis años antes.

Exequiel se rió abriendo la boca ampliamente.

-Déjà vu se llama ¿Qué estuviste chupando?
-No, boludo, por favor creéme.

Exequiel miró al piso y contuvo la risa. No lo pensó demasiado, no le creía nada, aunque fuera realmente extraño que de un día para el otro su amigo dijera semejante estupidez.

-Ok, después del partido hablamos más tranquilos -le dijo para consolarlo-.
-Ah, el Pato se va lesionado y Pekerman lo saca a Riquelme.
-Bueno, pará un poco con eso, que a Riquelme no lo saca ni a palos.

Estaba Sabrina, la hermana de Exequiel, mirando el partido también. La saludó tratando de secarse las lágrimas antes para que no las notara.

-Pekerman lo sacó a Román. Y al Pato porque parece que se lesionó- dijo Sabrina después de saludarlo. Exequiel inmediatamente se molestó.

-¿Ves? Sos un pajero mala leche -gritaba al aire-.

Sabrina no entendía por qué Exequiel decía eso. Habrá pensado que su hermano, como siempre, estaba siguiendo estrictamente sus cábalas; es que no era raro que Exequiel insistiese con cosas tan ridículas como obligar a todo el mundo a intercambiarse los asientos en caso de que su equipo no convirtiera un gol.

Pero justamente el gol de Klose interrumpió sus pensamientos. Los alemanes festejaban el empate desde las tribunas repletas de banderas amarillas, rojas y negras. Sabrina se perdió en la cocina cuando terminó la segunda mitad del partido. Iban a tiempo suplementario. Entonces Exequiel aprovechó para hablar.

-Boludo, me estas asustando.
-Exe, no te voy a joder con una cosa tan ilógica, si quisiera mentirte lo haría con algo más creíble, o al menos más divertido.
-Bueno, a ver… ¿Cómo termina el partido?
-Seguimos empatados en el alargue y Cambiasso erra el último penal porque el arquero de Alemania tiene una lista que dice para qué lado patean nuestros jugadores.
-¿No podes ser un poco más optimista para predecir el futuro? –respondió enojado. Se notaba el miedo que tenía a creerlo-.

Sabrina apareció con un mate recién hecho y la charla se interrumpió. Durante todo el tiempo suplementario Exequiel se mostró cada vez más inquieto. Le transpiraban las manos, se tiraba del pelo. Hasta que finalmente el relator anunció lo sabido:

“Penales, señores, penales; el azar desde los 12 pasos”.

De azar, aquello no tenía nada, cada jugador sabía exactamente a dónde patear, pero lo que ni siquiera imaginaban era que el arquero alemán también lo sabía. Jens Lehmann, había sido suplente de Oliver Kahn durante las eliminatorias, pero gracias a un par de partidos antes del mundial en los que tuvo un buen desempeño en el arco, se ganó la titularidad. Ahora Lehmann tenía un papelito en las medias con anotaciones sobre hacia qué dirección pateaba regularmente cada jugador argentino. Y esa estrategia alemana estaba dando sus frutos porque ya le había atajado un disparo a Ayala, y en el último penal, Argentina tenía que convertir sí o sí para no quedar eliminada.

-Patea Cambiasso. ¡Vamos Cuchu, vamos Argentina! –enfatizaba el relator-.

Exequiel estaba petrificado, poseído por el televisor.

-¿Me vas a creer si lo erra?
-No lo va a errar –respondió Exequiel, concentrado mirando imperturbable.
-Te digo que lo erra y quedamos afuera.
-¡No lo erra! ¡No lo erra!
-Lo erra, mirá. Lo patea al medio y se lo ataja. Si sabe todo por el papel de mierda ese. ¿Por qué te pensás que adivinó todos los anteriores? ¿Por qué creés que…

¡¡¡GOL!!!


El fuego

In memoriam Daniel Carboni Bisso.
In memoriam Nelso Osmar Bonnet.

El baúl del abuelo siempre fue un objeto místico, cuando aún estaba vivo lo cuidaba con recelo. Recuerdo tardes enteras jugando en su estudio mientras él hablaba solo entre papeles y cartas, y cada paso que dábamos hacia el baúl despertaba sus sentidos apagados. Como un eterno vigilante de lo prohibido, bastaba con una mirada severa para que nos alejemos inmediatamente.

Algunas semanas atrás, hablando con mi primo Federico sobre aquellos tiempos de la infancia, lo interrogué por el contenido del baúl misterioso. Me sorprendió ver su cara atónita. Extrañamente, comentó que siempre se había preguntado lo mismo, que siempre quiso saber de qué se trataba. Conjeturó un par de teorías sobre los crímenes de la dictadura militar, algún tesoro nazi y otras historias fantásticas, que por lo disparatadas que me parecieron en el momento, prefiero no rememorar. Yo sabía que había algo aún más importante y me propuse averiguarlo.

El baúl, por los detalles, no era cosa extraordinaria. Un simple rectángulo de madera cincelada, embellecido con anchas bisagras metálicas un tanto corroídas y oscuras. La cerradura tenía en su ojal un amplio y hondo agujero que coincidiría con una llave antigua, a la manera de los sueños piratas.

El tata falleció hace ya tres años y desde entonces muchas de sus pertenencias fueron repartidas entre nietos, hijos, sobrinos y ahijados. Federico quiso quedarse con los volúmenes de la primera edición de fisiología humana de Bernardo Houssay ya que estaba terminando sus estudios en medicina, y a pesar de su incuestionable desactualización, revestían para él y para cualquier estudioso de la materia un hallazgo interesante. Sin embargo, la abuela Rosario se lo negó reiteradamente porque -según dijo- entre sus páginas había notas al pie, de puño y letra del abuelo, hechas en sus años mozos. El ejercito de salvación, por su parte, se hizo con una docena de camisas James Smart con las que el abuelo presumía cada domingo en el hipódromo, siempre que hubiera carreras. Al fin, yo solo terminé por adueñarme de las obras completas del colombiano José Asunción Silva y de un perfume Polo Green que posiblemente no usaré nunca. Pero lo realmente sustancial es que en el caos de aquella loable distribución alguien se llevó el baúl.

Comprendí que debía visitar a la abuela Rosario.

Por fortuna, el estudio del abuelo se conservaba íntegro. Por amor, por nostalgia o por simple costumbre, la abuela no se había atrevido a modificar ni siquiera un adorno, como si aquel lugar fuese todavía un ámbito que no es de su pertenencia, un espacio que debe perdurar intacto más allá de la muerte.

Detrás de las estanterías superiores de la biblioteca, junto a un tratado de mitología griega, encontré al fin la llave antigua tal cual la imaginaba. Estaba seguro de que era la llave del baúl. El bronce, renegrido por los años, contrastaba con el precinto blancoamarillento que la sujetaba en su punta. En él podía leerse “para Alejo y Federico” escrito en tinta roja con una caligrafía extraña, similar a la del alfabeto ruso pero ajena a todas las que había conocido hasta ese momento. Mi cabeza estallaba de preguntas, de irreverentes preguntas que me atormentaban. ¿Cómo sabía el abuelo que esa llave iba a llegar a mis manos? ¿Cómo sabía que iba a preguntarme alguna vez por el baúl?

Llamé a Federico inmediatamente, nos encontramos en el café Louvre y le comenté lo sucedido. Vi sus ojos de niño nuevamente maravillado contemplando la llave. Como si los años no hubieran pasado, como si el tiempo se rebobinara y estuviéramos de nuevo en la alegre infancia. La llave en sus manos era el cofre abierto, era el mismísimo tesoro.

Federico había pasado más tiempo con el abuelo en sus días postreros y retenía las últimas charlas vívidamente. Siguiendo su consejo intenté contactarme con los pocos amigos que quedaban vivos. El hilo se hizo de cabos y recordé al viejo Schlegel ¿Quién sino él podría haber escrito el precinto con tipografía rusa?

Con la ansiedad con que los viejos reciben visitas, don Vicente Schlegel nos acogió en el living de su casa. Alegre y vital, jubiloso por momentos, nos invitó con té servido de un enorme samovar dorado que -como contó-  era lo único que sus ancestros pudieron traer de Rusia durante el exilio europeo. A través de toda la charla, dilatada por las anécdotas del viejo, percibimos en él una extraña excitación, una ansiedad que no lo dejaba tranquilo, como si esperara que le preguntásemos algo. Y cuando al fin nos referimos al cofre, sus ojos de alarma estallaron y se iluminaron de alborozo. El cofre, el cofre de tu tata, el baúl repitió. Está acá en casa, ahora se los entrego, pensé que iba a morirme antes de que vengan a buscarlo.

Nos miramos con asombro y satisfacción cuando el viejo se paró del sillón en el que estaba sentado, y esquivando los gatos que corrían por la casa, caminó hacia una de las habitaciones del fondo. Federico estaba emocionado, un conmovedor círculo de afecto se estaba cerrando.

Vimos como don Vicente llegaba a duras penas con el cofre entre los brazos. El incógnito baúl del abuelo estaba frente a nosotros, un poco más pequeño de lo que lo recordaba, pero con el brillo místico reluciendo en cada centímetro de su estructura. Lo ayudamos a llevarlo hasta el auto y lo cargamos en el portaequipaje. Antes de agradecerle y despedirnos, pensé en lo extraño que había sido todo. ¿Por qué el tata había dejado el baúl en manos del viejo Schlegel y no en las de la abuela Rosario, o las de mamá?

Una vez en casa nos dispusimos a abrirlo. Entregué a Federico el ritual de la cerradura y la llave. La cubierta cedió lentamente en un instante que perdura en mi memoria embebido en bálsamo de eternidad.

Pero en el interior del cofre había otro cofre de similares proporciones que se incrustaba ajustadamente en el cofre original que lo contenía. Lo quitamos. Por fortuna, éste no gozaba de ningún tipo de cerradura o candado que lo asegurase, sino una sencilla aldaba oxidada que no tuvimos mayor problema en sortear. Lo que se presentó dentro de éste segundo baúl nos dejó asombrados. Un tercer cofre tornasolaba su indiferencia frente a nuestros ojos ávidos de certidumbre. Y así se sucedió una y otra vez la operación de abrir nuevas e inagotables arcas que iban apareciendo adentro de las anteriores como en un infinito juego de mamushkas.

Exhaustos y decepcionados nos preguntábamos cuántos principios de la física y qué propiedades de la materia estaban siendo cercenadas por ese baúl inexplicable y ciertamente ilimitado.

Y entonces lo comprendí, de nada serviría seguir buscando el cofre postrero. El abuelo, eterno Prometeo de la familia, nos dejó la fuerza motriz de la duda, nos dejó las ansias de sabiduría, nos dejó el fuego en el pecho para siempre. Nos dejó la pura vehemencia con que él amaba a los misterios.

Publicado en la antología de cuentos “Acaso la vida” de editorial Dunken. 2011


Ceremonia

1923

“¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente!”
Cantar de los cantares

Las tres velas se apagaron de improviso y el lugar se cargó de penumbras, de lívidas luces de colores que interrumpían la oscuridad total a través de los vitrales. El viento de las tormentas de octubre en Gualeguay bien sabía hacer volar hasta lo más enraizado a tierra.

Ella se quitó el ropaje con sus propias manos en un ademán suave y casi de memoria. Él fue buscando por la curva de su espalda inexplorada hacia el final de la columna. Luego con apenas la punta de sus dedos como garras, comenzó a escalarla lentamente en una subida ondulante de piel a piel que la erizaba a cada centímetro, y que se detenía algún instante a repensar el recorrido de su cosquilleo lascivo, y aferrarla con más fuerza contra su pecho, entrecortando respiraciones insondables mientras la abrazaba.

Sus senos, recelosos al tacto de la iniciación, por primera vez hicieron frente al afán de una cruzada innoble. En sus inmaculados pezones habría de correr un rubor escarlata de deseo primitivo; se dejaba envolver por sus manos, por el arcaico clamor del sexo que él erguidamente enseñaba.

Cara a cara, desnudos los dos, sudorosos, abrieron sus bocas ávidas de piel y carne, y se enfrentaron en una marea de saliva compartida, de lenguas vivas al borde de lo obsceno, lo desprolijo. Las ropas en el piso, el cordel dorado tornasolando tibios destellos en la noche; un vaho de mirra ardiente confundiéndose con el aroma a pánico y sudor,  mientras la reverberación de sus tímidos gemidos, por el pasillo de la parroquia erigida a San Antonio, armonizaba un eco cadencioso, un sonido frugal de culpa y sangre y cosa nueva.

Y Cecilia -que había sido bautizada bajo ese nombre por estricta regencia del santoral, un 22 de noviembre algo más de cuatro décadas atrás; consagrada a la orden religiosa en los primeros días de Monseñor Abel Bazán y Bustos como obispo de la diócesis de Paraná, y devota del Santísimo Sacramento del Altar desde su más tierna infancia- sintió una profunda incertidumbre de lágrimas, como si por fin se revelara frente a su piel humana la plena comunión con el Dios padre todopoderoso. Pero no ya con el dios de los misterios del Santo Rosario, de la eucaristía o la liturgia; sino con el Dios de los gozosos misterios, los gloriosos misterios luminosos de la carne y del amor; del sudario, de la impudicia y la lujuria.


Jaque mate

Acerco el fósforo -que se ha consumido hasta su mitad- e intento moverme rápidamente para no quemar mis dedos torpes. La hornalla derrama su gas volátil que asciende por la cocina e inunda la casa con su prehistórica fragancia. Dentro de la pava el agua zumba, clorhídrica y transparente, esperando su calor.

No sé qué designio fatalista me ha llevado a abrir el cajón de los cubiertos, allí están los cuchillos que me aguardan. Y cerca de ellos, otro más filoso y rudo -enorme cubriéndolo todo- tu ausencia. (Tu ausencia es solo un cuchillo absurdo). No tomaré ninguno porque no los necesito.

La pava ya está chillando, ahora el agua es una serpiente de vapor que sale de su boca y se disipa, y se pierde en el aire torpemente. Busco la yerba en el aparador, creo saber que alguien también la ha frecuentado, que alguien ha dejado solo un resto de hierbas y polvillo.

Un hilo de amarguras le pone marco a la tarde: el agua hervida; lleno de polvo, el mate. Encuentro entonces la forma de absorberlo sin quemarme. El primero es acerbo y pareciera que su sabor también busca decirme cosas. Su riguroso gusto ha tomado mi boca, severo e implacable.

Caigo en la cuenta de los días, la sucesión inútil de los días que se produce como un vahído ligero. Las hornallas no han callado, las cortinas son un espejismo falso que se corrige con cada mirada, se critica y se renueva.

Aturdido encuentro algo que por fin puede extrapolarme. Fumo -jaque y mate- en soledad.


Criaturas

A mi Vanesa me choca, esa cara de mosquita muerta que tiene, sabés que odio las mosquitas muertas. Se me cruzaron varios nombres por la cabeza, para qué contarte, la otra tiene más cara de. No encuentro la palabra adecuada, no sé, como que nada le cae bien.

Además no me gustan los ojos, cómo los pone cuando te dice que sí (siempre te dice que sí, ¿lo notaste?) y cuando te habla. En realidad no son solo los ojos, es la mirada toda, y las cejas que se le alejan, alargan y arquean ascendiendo de golpe por su frente mientras asiente con la cabeza frenética, y sube y baja el mentón. Y cuando fuma y vos estás (porque cuando no estás no lo hace) pone una mano en el codo y con la otra sostiene el cigarrillo a la altura de la oreja, apoyando la palma contra la pera; mira para el costado, desorbita un poquito los ojos y pita manteniendo el pucho entre el índice y el fuckyou.

Entonces es ahí, en ese momento, en el que le salen las alas; las dos alitas-raquetas de tennis transparentes de mosquita muerta y tira algún comentario lastimoso de lo mal que le hizo sentir tal o cual cosa, de lo sola que se siente, de lo bien que la está pasando ahora. Y le sale también esa trompita de elefante que tienen las moscas, esa trompa chupadora que quiere absorberte, y moverte del lugar en donde estás, llevarte al mundo de las moscas y el azúcar, para que cuando te saque todo lo dulce, te deje como ya te han dejado muchas veces, y se vaya a cagar a otra parte.

Lo hace por vos ¿o no te das cuenta? Sé que quiere algo y en el fondo debe odiarme porque sabe que lo noto. Yo entiendo que es como vos decís, que cuando uno elige el consejero también elige el consejo, pero Carla también lo piensa. Ella fue la que me hizo dar cuenta de todo lo que estaba pasando.

Tampoco quiero joderte, no quiero que creas que soy una paranoica, que estoy tejiendo despacio. Pero por qué le seguís hablando si sabés que me molesta, ¿por qué te pones atentísimo-simpatiquísimo-patético cuando la ves?

No puedo vivir en paz con eso, ya no. Solo tengo una idea de redes, un sueño pegajoso e infecto, el deseo último de amor en una cama de seda.

de Sole Bernal
pastel tiza sobre tela


Breve biografía no autorizada de Edelmiro Carlos Rhodesia

Edelmiro Carlos Rhodesia nació en Lobos, provincia de Buenos Aires, en 1895. Su padre, Mario Tomás Rhodesia, fue Juez de Paz en su ciudad natal. Su abuelo Tomás fue un prestigioso médico que prestó servicios durante la guerra con Paraguay, además de ser designado Senador Nacional.

Edelmiro Carlos asistió a la escuela primaria en Buenos Aires, para lo cual debió alejarse de sus padres y hermanos y hospedarse en casa de su abuela y tías paternas. Éste hecho habría de modificar considerablemente su personalidad, incrementando notablemente sus intereses en la repostería y pastillaje.

En 1910 ingresó al Colegio Militar, graduándose en 1916 e iniciando así una carrera profesional que lo llevaría por varios destinos dentro del país sin grandes lauros. Cerca de 1943 retorna a su Lobos natal donde conoce a una viuda quién dos años después sería su mujer, Lidia Martinez de Terrabusi.

En 1947 nace su primer y única hija, Melba. Extrañamente, la tez de la niña era oscura, lo lleva a producir grandes conflictos y discusiones con su esposa Lidia sobre la paternidad de su hija.

Una tarde de 1949, Rhodesia, agobiado por el trabajo en el Liceo Militar de Lobos, decide ocuparse de la preparación de un postre casero que había aprendido a cocinar en sus años de estudiante. El postre consistía en dos galletitas dulces rellenas recubiertas con un baño de chocolate. Melba, de dos años en aquel momento, imposibilitada de pronunciar correctamente la palabra “galletita” la nombraba “Tita”, y fue así como la confitura fue bautizada.

Meses después, Edelmiro fundó su pequeña empresa familiar de golosinas y comenzó a comercializar masivamente sus productos. El éxito del emprendimiento fue inmediato y sus ventas se multiplicaron enormemente con la llegada de la televisión. Para 1955 la Tita ya era un clásico.

Pero no todos veían con buenos ojos el ascenso de Rhodesia. La familia Bagley, familia productora de golosinas tradicional, sufrió increíbles pérdidas y estuvo cerca de declararse en bancarrota. En marzo de 1956, Roberto Bagley, un impulsivo joven heredero de la fortuna de su familia, disparó repetidas veces sobre la espalda de Edelmiro mientras éste preparaba dulce de leche repostero. Rhodesia murió al instante. Bagley estuvo prófugo varios meses hasta que fue capturado en Holanda.

En la primavera de 1963, Lidia Martinez vendió la empresa de Rhodesia al primo de su ex marido, José Felix Terrabusi.

En honor a este mártir de la historia de los baños de chocolate, el 1 de julio de 1974 la empresa Terrabusi puso a la venta una de sus más comercializadas golosinas, “la Rhodesia“.


(Investigación realizada en conjunto con Ricardo Bordato)


Frutifobia

a Mara Inés Núnez.
Retrocede,
pecaminoso kiwi,
aleja tu pútrido jugo verde,
aleja tu insoportable esencia
de tropical repugnancia.
-
Retrocede,
diabólica naranja,
con tu porosa piel de Luna me dañas,
me injuria el vientre ácido
de tu centro maduro.
-
Es inmundo tu aroma,
jocosa mandarina,
te acercas festiva y veo en tus gajos
la suerte de una fruta fácil
que es mi graciosa pesadilla agria.
-
Vengaré el terror de mis días,
vengaré mis miedos a fuerza de daga,
y serán sus cuerpos molidos a licuadora,
una masa blanda
de pulpa, semillas y cáscara.

de Sole Bernal
acuarela

Los hermostros

La musa es una sola musa o es una serpiente de muchas cabezas.
Andrés Calamaro

Algunos están flotando, otros llevan valijas cargadas de recuerdos. Los pequeñitos tiran de los cordones del zapato y me saltan en los pies. Yo entre tanto vivo distraído, pero cuando veo un hermostro, lo corro por la casa, lo persigo hasta el cansancio.

Son escurridizos como gelatina, rápidos como las bolillas. Y comen tiempo.

Si tienen alas la cosa se complica, a veces pasa que en medio de la cacería, se les ocurre atravesar la ventana y escaparse burlones con sonrisitas de mamut alegre a plena cara.

Los que van ocupados, casi burocráticos y serios, susurran politiquerías gruñonas detrás del smoking. Otros vienen a jugar. Las hermostras son lindas (algunas son muy lindas) y dicen malas palabras.

En el momento en que logro capturarlos se enojan, se ponen rojos rojísimos, y es entonces cuando –hinchados y furiosos- patalean, gritan, alzan la voz.